En un artículo publicado el 14/02, titulado “Vestigios que dejaron los incas en Llullaillaco” se hace referencia -al pie de una ilustración- a “dos chozas” presuntamente utilizadas para “preparar a los niños antes de sacrificarlos”. Creo necesario, en este sentido, aclarar que los incas no practicaron sacrificios humanos. Es una fábula frecuentemente utilizada por algunos historiadores para justificar el criminal accionar de los conquistadores, sin parangón hasta entonces en la historia de la humanidad. Transcribiré a continuación, si se me permite y a propósito, una carta de mi autoría (12/10/08) titulada “Holocausto”. Decía lo siguiente: “Nuestro Padre Sol, viendo a los hombres en tanta miseria, se apiadó de ellos y envió un hijo y una hija de los suyos para que les diesen preceptos y leyes en que viviesen como personas, en razón y urbanidad; para que habitasen en casas y pueblos; supiesen labrar la tierra, cultivar las plantas y mieses, criar los ganados y gozar de ellos y de los frutos de la tierra como hombres racionales y no como bestias”.... “a imitación y semejanza mía (el sol) que a todo el mundo le hago bien, les caliento cuando sienten frio, lluevo y sereno a su tiempo, y tengo cuidado de dar una vuelta cada día al mundo por ver las necesidades que en la tierra se ofrecen”. De este modo evocaba el Inca Garcilaso uno de los aspectos de la cultura del primigenio dueño del continente americano, antes de la violenta irrupción del hombre europeo. La vida del indio entre las labranzas, el trabajo en la alfarería, los tejidos, la fabricación de utensilios y la música, en medio de una naturaleza que se daba pródiga, debía ser idílica, y si a ello le agregamos el don de la libertad, tendremos una visión de los bienes que gozaban los enamorados del sol y de la Pachamama, la madre tierra generosa y buena. “Pero los indios lo presentían y lo lloraban desde hace años; los agoreros ayes de las quenas lo pronosticaron. Los viejos lo leían en la Cruz del Sur y oraban por hijos y nietos que ya no serían más felices como ellos fueron”. Los hombres de hierro, los barbados dioses, llegaron finalmente al Perú. Poner sus plantas en la virgen América y comenzar el desastre fue uno. Todo terminó con el choque brutal de las dos razas. Se impuso la más poderosa en armas, en engaños y en codicias. El inca cayó. Con él cayeron pueblos, naciones, riquezas y tradiciones. Del hombre americano queda desde este momento solo el recuerdo: el Viejo Mundo impuso su prepotencia y su cultura. Las condiciones del vasallaje fueron tan bárbaras que desbarataron a la gente, la vida, las costumbres y las creencias. Como afirma Sebreli: “La evangelización no se expandió por la superioridad de su doctrina, ni por la persuasión de sus misioneros (según la leyenda hispano-católica). Los clérigos eran acompañados de brutales soldados, muchos de ellos ex presidiarios, que ocupaban ciudades y aldeas en medio de saqueos, asesinatos masivos, violaciones y vandalismos”. Un renombrado historiador español reconoce que “el efecto acumulado de la conquista y de todos los choques recibidos costó la vida a unos 70 millones de nativos: el proceso de unificación planetaria se hizo a este precio, elevado, ciertamente, pero 'razonable’ (sic) si se tiene en cuenta todo lo había en juego”... Es evidente que solo una mente alterada podría justificar lo que fue, a la postre, uno de los mayores holocaustos de la historia de la Humanidad.
Arturo Garvich
Las Heras 632
San Miguel de Tucumán